Pues sepa vuesa merced …

A otros les pasará lo mismo con alguna película, o con una canción; y es que recitan una frase, una escena, un estribillo de forma rutinaria, como si se tratase de un mantra. A mi me pasa con la primera frase de un libro, el Lazarillo de Tormes, con el que empecé a tener una relación de lector a los 12 años. Y sin ninguna razón concreta, de vez en cuando vuelvo a leerlo .

Las primeras lecturas

Y cada vez que lo hago, me encuentro con frases en las que antes no había reparado. Mi primera lectura fue un poco obligado por el profesor de Lengua Española que tenía en aquella época, del que no recuerdo el nombre, pero si que nos leía algunos fragmentos en clase, representando las escenas mientras nos leía fragmentos de la novela.

A esa edad, no tenía ni la más remota idea de que era aquello de la picaresca, ni de lo que significaban la descripciones del ambiente del momento histórico que reflejaba. Para mí, era solamente una historia divertida; y en la edición escolar que leí, el vocabulario era asequible. Leyendo las aventuras y pillerías de Lázaro, en aquella primera lectura no entendí muy bien por qué motivo el protagonista tenía que dar cuenta de su vida.

Sospecho, pero no estoy seguro de ello, que en aquella edición se habían suprimido, o disimulado las referencias al adulterio de la mujer de Lázaro con el arcipreste. Dejando a un lado este detalle, por otro lado fundamental en la novela, Lázaro se convirtió para mí en un personaje simpático, un poco travieso, pero sin maldad. Para mí, la palabra “pícaro” no tenía una connotación negativa; al contrario, para mí el pícaro era un modelo de persona avispada, despierta, y en cierto sentido, generosa.

Años después lo tuve que estudiar en la asignatura de Literatura, ahora ya en una edición completa. También tuve que leer “La vida del Buscón” de Quevedo, y algo también de otras novelas picarescas. Pero mi simpatía hacia Lázaro no se ha visto mermada ni con esas lecturas ni con el paso del tiempo.

Como decía antes, en mis sucesivas relecturas de la novela, me he ido encontrado nuevos detalles, rasgos, … De ellos, el comienzo de la novela es el que posiblemente me parece más sorprendente. Empezar cualquier historia, para mi, es una de las partes más difíciles de cualquier obra. Y en el Lazarillo, el comienzo es genial. Con unas pocas palabras ya nos está metiendo a los lectores en los detalles de su biografía, sin descripciones atiborradas. Para mi, esta frase revela el arte de narrar en una de sus expresiones más brillantes.

Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes …

Los comienzos de las obras

Al igual que con el Lazarillo, hay otras obras literarias en las que los primeros párrafos nos enganchan, y son en parte responsables de que sigamos adelante con la lectura. En un artículo publicado en El País, he podido encontrar una recopilación de comienzos de otras novelas. No incluyen al Lazarillo, pero eso no importa para que sea un artículo de lectura agradable, y que recomiendo. Casi siempre, la frase con la que comienza la obra es simple, y ahí reside su atractivo.

Y eso me lleva a pensar por qué en la escritura científica no empezamos (habitualmente) los artículos con una frase que enganche al lector. En la mayoría de los artículos que leo, los autores hacen una declaración grandilocuente de la importancia del problema que han investigado; pero nada que le anticipe al lector que si sigue leyendo, va a encontrar respuestas a interrogantes o soluciones a problemas.

Algunos dirán que eso nos pasa porque los que nos dedicamos a la investigación científica no tenemos una buena educación humanista. Otros pensarán que esos recursos literarios no sirven para transmitir objetivamente los conocimientos científicos, que se consideran como certezas evidentes.

Para ilustrar lo que digo, recurriré a las publicaciones sobre la estructura del ADN. Resumo la historia: Rosalind Franklin, una investigadora del Imperial College de Londres, consiguió una imagen (la famosa fotografía 51) de difracción de rayos X del ácido desoxirribonucléico, o ADN. Hasta un escolar sabe que el ADN es la molécula que forma los cromosomas y permite la herencia genética. Dos investigadores, Watson y Crick, partiendo de esa imagen, propusieron la estructura de doble hélice para el ADN. Omitiré la polémica sobre a quién se le debe atribuir el mérito científico, ya que el premio Nobel se le concedió a los dos investigadores masculinos, junto a Murray Wilkin, pero se “olvidaron” de Franklin, la mujer investigadora.

Pero lo que me interesa señalar es cómo dieron a conocer sus descubrimientos. La revista científica Nature publicó en el mismo número, en abril de 1953, los artículos de Franklin, Watson y Crick, y Wilkin. Lo hicieron así para evitar las disputas acerca de a quién había que atribuirle el avance científico. Dejemos a un lado las cuestiones honoríficas, y fijémonos  en cómo arrancan los artículos. Empecemos por el de Franklin:

Aunque las propiedades biológicas del ácido nucléico de la desoxipentosa sugiere una estructura biológica de gran complejidad, los estudios de difracción de rayos X que aquí se describen (cf. Astbury) demuestran que la configuración molecular básica poseen una gran simplicidad…..

Y ahora veamos cómo Watson y Crick empezaron su artículo :

Nos gustaría sugerir una estructura para la sal del ácido desoxirribonucléico (A.D.N.). Esta estructura tiene características novedosas que son de un interés biológico considerable.

El contraste entre los dos comienzos es evidente. El primero parece redactado solamente para interesar a aquella persona que quiera profundizar en un aspecto muy concreto de la estructura de una molécula, pero como otras muchas. Por el contrario, el segundo artículo anuncia el desvelamiento de un aspecto trascendental para nuestro conocimiento de la vida.

No he encontrado ninguna aclaración acerca de cuál de los dos autores escribió esas primeras frases. Para el propósito de este comentario, es un aspecto secundario. Porque lo que es importante es cómo atrae la atención del lector hacia una respuesta a una pregunta. Y lo transmiten con unas frases muy simples, haciendo el mensaje mucho más efectivo.

La comunicación científica debe transmitir no solamente datos, sino el proceso mental del investigador: cuáles son las preguntas que intenta responder, y qué respuestas se le ocurren ante los resultados. Si no es así, no conseguiremos que el lector de un artículo científico se sumerja en su lectura. Y entonces, el artículo se convertirá en una mera relación de datos, pero no en una obra de conocimiento. Un autor científico debería evitar recopilar, y tratar de narrar.

Ahí está el desafío de los autores de publicaciones científicas. ¿Cómo lo podemos abordar?

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La agonía en la educación

agoncaixaforum

Fuente: http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/es/-/vf-agon?result=true

La Fundación La Caixa ha montado una exposición titulada “Agón“, dedicada a la competición en la Antigua Grecia. La palabra griega, agón, se refiere a la lucha en un sentido positivo. Los romanos usaban la palabra “certamen”. Aunque parezca raro, parece que de esa palabra griega deriva nuestra “agonía”, que para nosotros tiene un significado de terminación, de abatimiento. Sin embargo, Unamuno, por cierto catedrático de griego, escribió una obra titulada “La agonía del cristianismo“, en la que usaba esta palabra con el sentido de lucha.

La exposición recogía objetos y obras relacionadas fundamentalmente con los juegos de tipo deportivo en aquella cultura. Entre otros, se exponían cerámicas con las coronas (de olivo, de laurel, etc) y que servían para premiar a los triunfadores.

Uno de los contenidos que llamó mi atención fue el de la educación. A los niños griegos se les educaba, entre otras competencias como decimos ahora, para competir. Esta idea de superación se le transmitía desde pequeños, para que al alcanzar la edad de 12 a 14 años pudieran participar en competiciones.

Nos quejamos de que nuestros estudiantes tienen una actitud egoísta, que se preocupan más por su calificación que por lo que aprenden en nuestras clases. Les echamos la culpa por comportarse de esa forma. Pero quizás debamos reflexionar sobre la responsabilidad de nuestro sistema de enseñanza. Lo mismo que a los niños griegos se les enseñaba a competir, a nuestros estudiantes los sometemos a una tensión permanente para ser los mejores.

En estos días se están matriculando los estudiantes admitidos en Medicina y en Biomedicina. Sus calificaciones están entre las más altas de todos los que entran en la universidad. Y seguro que esas notas no son el resultado de una casualidad, sino que son la consecuencia de los años de esfuerzo que  han dedicado estos estudiantes al estudio.

Y ahí no acaba la cosa. Cuando acceden a nuestra facultad, casi inmediatamente se les impregna sobre la importancia de tener un buen expediente para elegir la plaza en el MIR. Incluso escucho a estudiantes de primer o segundo curso que ya tienen pensada la especialidad que quieren hacer.

Pero esa actitud no surge espontáneamente. Me cuentan algunos estudiantes como algunos profesores no dedican la primera clase a ilustrar a los estudiantes sobre lo que les puede interesar de la asignatura, sino a explicar cómo conceden las matrículas de honor, y que este premio está limitado. De nuevo, la competición.

Pero la educación no debería ser solamente una competición. Creo que cuando nos educan, nos transforman, cambiando nuestras visiones iniciales por otras más complejas,  más amplias. Seguro que la competición interviene en esa transformación. Las ideas de la “gamificación” o ludización se basan en gran medida en que el estudiante se enfrente a retos que tiene que superar, como si de una competición se tratara.

Los profesores de universidad tenemos poca influencia sobre cómo y qué se enseña en las enseñanzas medias. Pero podemos evitar los elementos que hagan que la competitividad sea el principal motor del estudiante. Pongamos los medios para que la educación no se convierta en una lucha agónica del estudiante.

 

Majados

Para la acción de triturar varios alimentos tenemos el vocablo “majado”. Cuando llega el verano, una receta típica de Andalucía es el gazpacho, que se prepara machacando varias hortalizas (tomate y pimiento fundamentalmente).

Pero ahora tenemos otra oportunidad para usar la palabra majado. Y es para referirnos a algo bastante alejado de la gastronomía. Los “mashups” son productos, habitualmente audiovisuales, que combinan contenidos tomados de diferentes obras. La traducción que he encontrada más cercana en castellano es la de majado.

Los resultados de este tipo de trabajos es en muchos casos un bodrio. Pero también es cierto que suelen ser una forma muy económica para crear contenidos. Alguien pensará que a costa del trabajo de otros, pero es que acaso no es eso lo que ha venido ocurriendo desde el principio de la humanidad. Los escritores se imitan entre sí, transformando las ideas, los personajes, etc. Lo mismo se puede decir de los arquitectos, los pintores, los músicos, etc. De hecho, en gran parte, las obras de arte se inspiran en la naturaleza, y no por ello desmerecen nuestra opinión.

Personalmente, donde más me divierto con este tipo de trabajos es con las películas. Y podemos encontrar buenos ejemplos de lo que se puede hacer “mashapeando” o majando escenas diversas. Uno de esos sitios es Movieclips, donde los aficionados al cine se pueden dar un buen atracón de videoclips construidos a partir de escenas de diferentes películas.
El más malo de la película