Los palios de Siena son diferentes a los de nuestra Semana Santa

Pude visitar la ciudad italiana de Siena a principios de junio, gracias al interés de mi universidad por mejorar su proyección internacional. Quiero decir que el propósito de mi visita era fundamentalmente académico, no turístico. Durante mi estancia, me reuní con diferentes representantes de la Universidad de Siena para estudiar la firma de un acuerdo, y conocer algunas de sus instalaciones de investigación.

Pero entre reunión y reunión, tuve la oportunidad de visitar algunos monumentos históricos de esa ciudad, comerme una buena ración de gelatti, probar los típicos pici o pasta sienesa, degustar algunas copas de vino toscano, y probar algunos platos como el panzanella, una versión toscana con los mismos componentes de nuestro gazpacho. Todo ello gracias en gran medida a la hospitalidad de mis anfitriones universitarios.


Entre los monumentos que visité, uno que me sorprendió fue el ayuntamiento. Este edificio se encuentra en la Piazza del Campo, escenario de las famosas carreras del Palio de Siena. Y de la palabra “palio” va este comentario. Cualquier sevillano (y también los residentes en otras ciudades y pueblos de Andalucía, excepto quizás a los malagueños) asocia la palabra palio con la Semana Santa, y concretamente con la configuración de los pasos en los que se porta a las imágenes de las vírgenes. ¿Qué sería de una procesión sin una “mecida” de su palio en la carrera oficial? Solamente las hermandades “serias” están libres de someter a sus pasos de palio, que así se les llama, a esos movimientos que hacen oscilar los varales del palio.

Así que para mí, el palio es algo que cubre, particularmente a imágenes religiosas, aunque también cubren a obispos y cardenales; bueno, durante una época ya felizmente pasada también cubría la testuz de Franco cuando acudía actos religiosos, pero eso es mejor dejarlo como una excepción (por llamarlo suavemente).

Antes de visitar Siena había pensado que el nombre de la carrera, Palio, procedía de algún elemento histórico, o de la disputa medieval de algún derecho a estar cubierto por el palio. Lo reconozco, no consulté el diccionario. Pero no creo que me ayudase mucho. Porque en el de la Real Academia hay, entre otras, las siguientes acepciones:

1. m. Especie de dosel colocado sobre cuatro o más varas largasbajo el cual se lleva procesionalmente el Santísimo Sacramentoo una imageny que es usado también por el papaalgunos prelados y algún jefe de Estado.

5. m. En determinadas carreraspaño de seda o tela preciosa que se ofrecía como premio al vencedor en la meta.

Y todo esta disgresión semanasantera, ¿a qué viene? Si uno visita el ayuntamiento de Siena, tiene la oportunidad de admirar un fresco llamado “La alegoría del buen y el mal gobierno“, cuyo autor fue Ambrogio Lorenzetti. En una de las escenas allí representada aparece una figura que camina bajo palio.

Mientras la guía me explicaba la interpretación de cada una de las escenas del hermoso fresco, me fijé en esa figura. Cuando le señalé la figura y le dije si aquello era el palio, la simpática señora me aclaró que no, que aquello era un “baldaquino”. La palabra palio, en italiano, se refiere a un pañuelo, que por su riqueza se entregaba como trofeo en las competiciones, como las de caballos, que había terminado tomando su nombre.

Aquello llamó mi atención, y en cuanto pude, busqué de nuevo en el diccionario de la RAE el significado de baldaquino, y encontré que la acepción es:

1. m. Especie de dosel palio hecho de tela de seda damasco.

Es posible que nuestros soldados, como Cervantes, que combatieron la época del Siglo de Oro, fueran espectadores de competiciones y que el ganador saliera cubierto con el palio, sostenido por un baldaquino. Y que finalmente, la parte (el  palio) terminase denominando al todo (el baldaquino).

No quiero jugar a filólogo, en mi universidad hay otras que ya lo hacen con mucha profesionalidad y simpatía. Pero estas situaciones me han pasado antes, en mis balbuceos con el italiano. Desde la primera vez que puse un pie en Italia, allá por 1995, me he encontrado con situaciones más o menos parecidas. Por ejemplo, mi sorpresa al escuchar a un compañero de departamento gritar “¡Ah, la mia gamba!” mientras se agarraba su rodilla después de recibir un golpe. Mi sorpresa no era por el golpe, sino porque la primera imagen que apareció en mi mente fue la de ese marisquito de Huelva, que tanto nos gusta. O la primera vez que recibí un mensaje en el que me indicaban que me iría a recoger un autista al aeropuerto. No tardé mucho en reconocer que no tenía nada que ver con un paciente que padecía un trastorno del espectro autista, sino con el conductor del coche que me llevaría al hotel. Pero durante unos segundos me quedé como dicen mis estudiantes, un poco “pillado”, quizás por una deformación profesional que me hacía ver una enfermedad donde otro podía ver una profesión.

Aunque en fechas distintas, de carácter religioso una y deportivo la otra, tanto la Semana Santa y el Palio, a pesar de sus diferencias, comparten algunas características. Las hermandades y las comtrade son más que meras agrupaciones de personas, influyen en la vida política de las respectivas ciudades y suponen la referencia más importante en el calendario de la ciudad (y también de los hoteleros de ambas ciudades). Il mío caro amigo, Giuseppe Giordano, es un sienés que posiblemente conoce mejor las tradiciones de Sevilla mejor que muchos sevillanos, y con certeza sabe que me adelanta en sabiduría sevillana. Giuseppe me ha ilustrado sobre la similitud entre las músicas que interpretan las bandas de las comtrade y las que acompañan a nuestras hermandades.

Y también, por qué no decirlo, me he encontrado con sieneses, que como algunos sevillanos como yo, cuando llegan esas fiestas, salimos de la ciudad buscando un poco de paz. Como decía, tenemos muchos parecidos las dos ciudades. Y si conseguimos establecer un acuerdo entre nuestras universidades, seguro que encontraremos más.

La evaluación de tecnologías aplicada a la salud digital

Las apps o programas para los dispositivos móviles se han integrado a la vida cotidiana de una gran parte de la población. Eric Topol ha analizado la incorporación de esos programas a la asistencia sanitaria, en un interesante libro que tiene un sugerente título, que traducido al español sería “El paciente lo recibirá ahora: el futuro de la Medicina en sus manos“.

Cuando un investigador desarrolla una nueva molécula, y observa un efecto en el laboratorio, debe someterla a una serie de estudios. La incorporación de nuevos tratamientos es un proceso largo, y solamente unas pocas moléculas llegarán a comercializarse.

Los desarrolladores de estas aplicaciones se preocupan fundamentalmente de que funcionen. Y para eso es para lo que se han formado. Pero el hecho de que “algo” funcione, no implica necesariamente que sea beneficioso para la salud de las personas. Esta situación es similar al desarrollo de nuevos medicamentos. Para que una app se incorpore como un recurso que pueda usar el paciente, o el médico o cualquier otro agente, debe comprobarse que produce un beneficio real.

Este paso, el de la evaluación, no lo entienden muchos de los que desarrollan apps. Sin embargo, contamos con muchos ejemplos históricos en los que dispositivos, aparentemente eficaces por quienes lo desarrollaron, al usarlos en la práctica no solo no lograron ese beneficio, sino que incluso dañaron la salud de las personas en las que se utilizaron.

La evaluación de tecnologías contribuye a asegurar la seguridad del paciente, comprobando si la incorporación de nuevos dispositivos o intervenciones mejoran la salud de las personas. Por eso, muchos sistemas sanitarios hacen una evaluación como paso previo a la incorporación de cualquier novedad tecnológica. Pero esta disciplina no tiene un papel fiscalizador, sino de información.

Los Monty Python en su película “El sentido de la vida” parodiaron el hambre insaciable por todo tipo de dispositivos y “cacharros”. Pero a costa de olvidar que el centro de atención de cualquier sistema es la persona.

La metodología de la evaluación de tecnologías sanitarias se ha desarrollado en los últimos 40-50 años, especialmente con el desarrollo de los meta-análisis y las revisiones sistemáticas. Pero es posible que quienes hacen evaluación aún no han desarrollado las herramientas adecuadas para estudiar todo lo que se engloba bajo el epígrafe de Salud Digital.

En mi opinión, en la actual situación hay dos grupos, los desarrolladores y los evaluadores, que deben encontrarse aunque hasta el momento están en dos orillas opuestas de la realidad sanitaria. Debemos abrir cauces de diálogo y de discusión entre esas dos orillas, para que fluyan las ideas y experiencias en los dos sentidos.

A los primeros, hay que darles a conocer los principios y los procedimientos que se siguen al hacer la evaluación de tecnologías. Eso puede conseguir que desaparezcan algunos recelos en ese bando. Pero sobre todo, puede contribuir a que orienten sus productos mejor a lo que los sistemas sanitarios tienen en cuenta para tomar sus decisiones con respecto a la adquisición de tecnologías.

Los evaluadores también deben incorporarse a este diálogo, para desarrollar métodos de evaluación y mejorar su capacidad de análisis. Los que desarrollan apps pueden aportarles orientación sobre los procedimientos de trabajo, de diseño y de control que siguen hasta poner a disposición del mercado un producto, y cómo en ese conjunto se puede incorporar también la evaluación de tecnologías.

Health 2.0 y la Facultad de Medicina estamos preparando un encuentro, al que queremos invitar a personas procedentes de ambas orillas. Estamos preparando un programa, en el que queremos incluir experiencias de un lado y otro. Pronto anunciaremos la fecha y un programa. Pero mientras tanto, espero vuestros comentarios y sugerencias para poderlas incorporar a ese encuentro.

La agonía en la educación

agoncaixaforum

Fuente: http://agenda.obrasocial.lacaixa.es/es/-/vf-agon?result=true

La Fundación La Caixa ha montado una exposición titulada “Agón“, dedicada a la competición en la Antigua Grecia. La palabra griega, agón, se refiere a la lucha en un sentido positivo. Los romanos usaban la palabra “certamen”. Aunque parezca raro, parece que de esa palabra griega deriva nuestra “agonía”, que para nosotros tiene un significado de terminación, de abatimiento. Sin embargo, Unamuno, por cierto catedrático de griego, escribió una obra titulada “La agonía del cristianismo“, en la que usaba esta palabra con el sentido de lucha.

La exposición recogía objetos y obras relacionadas fundamentalmente con los juegos de tipo deportivo en aquella cultura. Entre otros, se exponían cerámicas con las coronas (de olivo, de laurel, etc) y que servían para premiar a los triunfadores.

Uno de los contenidos que llamó mi atención fue el de la educación. A los niños griegos se les educaba, entre otras competencias como decimos ahora, para competir. Esta idea de superación se le transmitía desde pequeños, para que al alcanzar la edad de 12 a 14 años pudieran participar en competiciones.

Nos quejamos de que nuestros estudiantes tienen una actitud egoísta, que se preocupan más por su calificación que por lo que aprenden en nuestras clases. Les echamos la culpa por comportarse de esa forma. Pero quizás debamos reflexionar sobre la responsabilidad de nuestro sistema de enseñanza. Lo mismo que a los niños griegos se les enseñaba a competir, a nuestros estudiantes los sometemos a una tensión permanente para ser los mejores.

En estos días se están matriculando los estudiantes admitidos en Medicina y en Biomedicina. Sus calificaciones están entre las más altas de todos los que entran en la universidad. Y seguro que esas notas no son el resultado de una casualidad, sino que son la consecuencia de los años de esfuerzo que  han dedicado estos estudiantes al estudio.

Y ahí no acaba la cosa. Cuando acceden a nuestra facultad, casi inmediatamente se les impregna sobre la importancia de tener un buen expediente para elegir la plaza en el MIR. Incluso escucho a estudiantes de primer o segundo curso que ya tienen pensada la especialidad que quieren hacer.

Pero esa actitud no surge espontáneamente. Me cuentan algunos estudiantes como algunos profesores no dedican la primera clase a ilustrar a los estudiantes sobre lo que les puede interesar de la asignatura, sino a explicar cómo conceden las matrículas de honor, y que este premio está limitado. De nuevo, la competición.

Pero la educación no debería ser solamente una competición. Creo que cuando nos educan, nos transforman, cambiando nuestras visiones iniciales por otras más complejas,  más amplias. Seguro que la competición interviene en esa transformación. Las ideas de la “gamificación” o ludización se basan en gran medida en que el estudiante se enfrente a retos que tiene que superar, como si de una competición se tratara.

Los profesores de universidad tenemos poca influencia sobre cómo y qué se enseña en las enseñanzas medias. Pero podemos evitar los elementos que hagan que la competitividad sea el principal motor del estudiante. Pongamos los medios para que la educación no se convierta en una lucha agónica del estudiante.

 

Las agallas de “Pluck”

En wordpress.com proponen numerosas actividades para promover la creación de blogs. Una de ellas son los “Daily Post”. ¿En qué consiste esta actividad? Cada día se propone una palabra, para que los usuarios escriban un comentario o post, usando esa palabra. No hay normas sobre cómo se debe incluir en el post; se deja libertad al usuario para que lo desarrolle según su criterio, o inspiración.

El tema de hoy contiene la palabra pluck. Lo primero que he tenido que hacer es consultar el diccionario, para saber el significado. La idea de desplumar me ha traído el recuerdo de mi infancia, cuando las abuelas desplumaban a las gallinas, previamente “ejecutadas”. El acto de desplumar al ave tenía un aire de descubrimiento. Poco a poco, pluma a pluma, ante nuestros ojos se desvelaba una carne sonrosada, pero con los bultitos donde antes se habían insertado los caños de las plumas.

Pero si uno lee otras acepciones, se encuentra con la de tener agallas. Nunca entendí por qué se usaba esa expresión para referirse a la valentía, o al coraje. Para mí, las agallas eran esas láminas rojizas que tienen los pescados bajo la ijada. En mi memoria, esta expresión la encontraba cuando leía traducciones de cuentos o de historías, o viendo alguna película americana.

Pero jamas la escuché (ni he escuchado) en una conversación en mi entorno. Debe ser otra de esas expresiones que impregnan muchas de las traducciones que encontramos en nuestras librerías. Una de mis recientes lecturas ha sido Estilo rico, estilo pobre, de Luis Magrinyà. Este es un libro que, de forma muy amena, recoge numerosos ejemplos de expresiones que se infiltran en nuestros textos, a partir de traducciones poco cuidadas.

Lo que más me llamó la atención era que mientras leía los sucesivos capítulos, iba reconociendo que muchos de esos errores habían entrado también en mi vocabulario. La sensación que tuve al acabar el libro era la de que uno debía estar con los ojos muy bien abiertos, porque el permanente bombardeo de los medios de comunicación consigue que esas expresiones se cuelen sin ninguna dificulta en nuestro vocabulario.
Pluck

Al lector de este blog

Cuando empecé a escribir comentarios en este blog, lo hice con dos intenciones fundamentales:

  • Probarme en una nueva actividad. Había empezado a leer sobre lo que entonces se llamaba la “blogosfera”, y por mi innata novelería, pensé que tenía que publicar algo (aunque no tenia muy claro el por qué).
  • Aunque lo inicié pensando en mi mismo, también era consciente de que podía ser una herramienta adecuada para presentar algún contenido a mis estudiantes. En aquellos momentos, la plataforma de enseñanza virtual disponible en mi universidad no permitía la inclusión de videos ni otros elementos. Eso si era posible en el blog, y pensaba que ello podría atraer y “enganchar” algo a mis estudiantes.

Pasado el tiempo, creo que ninguno de esos dos propósitos son fundamentales para mi. Lo de la blogosfera se ha visto superado por nuevos recursos. Y para los estudiantes cuento ya con una versión de la plataforma que permite la creación de blogs.

Entonces, ¿por qué sigo escribiendo? Bueno, porque al obligarme a escribir (a pesar de mi actitud desidiosa), también empiezo a fijar mejor algunas de mis ideas, después de haber leído algo. Este ejercicio de reflexión es lo que más valoro.

Pero también me he dado cuenta de que algunas de mis publicaciones las consultan personas de distintos países y nivel cultural. No uso herramientas analíticas, pero empíricamente, algunos de mis estudiantes han leído mi blog, y me han comentado que les parecen de interés. Me parece que no tanto por lo original de mis ideas, sino porque vuelco en ellos algunas de mis lecturas, que a veces no son muy conocidas en mi ambiente.

Creo que, si tengo que describir cuál es el tipo de lector medio para el que escribo, diría que es un universitario (estudiante o graduado), al que le interesan ciertos aspectos de la enseñanza universitaria, y más específicamente relacionada con la Salud Pública y los métodos estadísticos.

Pero ¿estoy en lo cierto? Si alguna persona lee este comentario y cree que su perfil no coincide con esas características, le agradecería que escribiese una respuesta a este post.

Formas de aprendizaje en el aula

Acabo de conocer una nueva herramienta de Twitter: las encuestas. Y he aprovechado que voy a empezar un nuevo cuatrimestre, para hacerle mi primera encuesta a los estudiantes del Grado en Óptica y Optometría.
La pregunta y el resultado son los siguientes:

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Aunque la representatividad de estas encuestas puede ser más que cuestionable, me sirve para discutir con los estudiantes cómo enfocar el aprendizaje, en general, y de mi asignatura en particular.

Al final del cuatrimestre

Hoy he impartido mi última clase del cuatrimestre. Junto con la primera del cuatrimestre, son clases en las que no creo que deba impartir contenido. Mientras que en la primera trato de entusiasmar a los estudiantes, en la última lo que pretendo es que reflexionen.

Mi estado de ánimo coincide con lo que pretendo en esas clases. En la primera, tengo la esperanza y la ilusión de lo nuevo. En la última, me siento un poco melancólico. Además, nunca estoy seguro de que los estudiantes compartan esos propósitos.

En esta última clase, me gusta leerles el siguiente fragmento de la Autobiografía de Eintein:

“He de decir[…] que en Suiza sufríamos menos que en muchos otros lugares bajo esta coerción que asfixia el verdadero impulso científico. En total había sólo dos exámenes; por lo demás, podía hacer uno más o menos lo que quisiera, especialmente, como era mi caso, si contaba con un amigo que asistía regularmente a clase y elaboraba a fondo los apuntes. Esto le daba a uno libertad en la elección de sus ocupaciones hasta pocos meses antes del examen, libertad de la que yo gocé en gran medida y a cambio de la cual pagaba muy a gusto, como mal muchísimo menor, la mala conciencia que acarreaba.”

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¿Hay diferencias entre lo que se veía en las universidades en aquellos tiempos y lo que ocurre actualmente? Lo que Einstein contaba de sus años universitarios sigue ocurriendo en nuestros días. Muchos estudiantes apenas pisan las aulas, y su preocupación es tener lo más completa y actualizada posible su colección de apuntes. Cualquier cambio que introduzca el profesor con respecto a lo que había dicho es visto como una trampa.

La exposición no produce aprendizaje

Y sin embargo, muchos profesores siguen pensando que su obligación es transmitir lo que saben a sus estudiantes. Algunos, con una actitud pesimista, se empeñan en demostrarle a los estudiantes lo poco que saben.

Pero son la excepción, y la mayoría piensa que exponiendo los contenidos, los estudiantes pueden aprenderlos haciendo el necesario esfuerzo de memorización y comprensión. Esta metodología sigue el modelo de los “documentales de la 2”. Es decir, se trataría de dar una cantidad más o menos grande de información, esperando que el espectador-estudiante absorba todo el contenido.

Sin embargo, lo que las evidencias científicas nos dicen es que solamente cuando a los estudiantes se les desafía intelectualmente, teniendo que aplicar conceptos, ideas, técnicas, etc.

Alguien puede pensar que eso es lo que se ha hecho toda la vida con las relaciones de problemas, en materias como las matemáticas, la física, etc. Pero lamentablemente, esos problemas generalmente no corresponden a situaciones cercanas a la realidad. Por otro lado, esos problemas lo que consiguen es que los estudiantes aprendan una “mecánica” para resolverlos. Y cuando la aprenden, solamente se tienen que limitar a aplicarla, adaptándola ligeramente a las condiciones del enunciado.

Por otro lado, hace 150 años, cuando Einstein era estudiante, la cantidad de información a la que una persona normal podía acceder era pequeña. Los libros eran caros, las tiradas cortas, había un número pequeño de traducciones. Pero hoy en día ocurre todo lo contrario. Cualquier estudiante puede acceder a una inmensa cantidad de información, a la que además accede de forma inmediata. Si durante mucho tiempo se ha dicho aquello de repetir lo que ya viene en los libros, actualmente es incuestionable que esa no debe ser justificación para que un profesor se limite a exponer los contenidos solamente.

Tenemos que cambiar el desarrollo de las clases, para convertirlas en oportunidades de aprendizaje. ¿Cómo hacerlo? Buena pregunta. Desde luego, la transformación no consiste en elaborar unas presentación en Powerpoint, repletas de efectos y elementos gráficos. Debemos cambiar el centro del aula, para que pase del profesor al estudiante.

2. El “examen” es una forma incompleta de evaluación

La frase preferida por algunos profesores es aquella de que “… no puedo consentir que un estudiante pase de curso sin que se sepa …” lo que sea. El “saberse algo” es sobreentendido por la mayoría como que el estudiante sepa reproducir con mayor o menor fidelidad lo que el profesor considera necesario. En algunos casos, se trataría de definiciones, en otros casos, la enumeración de contenidos.

En mis tiempos de estudiantes tuve que “grabarme” muchos de esos “no puedo consentir”; por citar algunos que me vienen a la memoria: los límites del triángulo de Scarpa, el tratamiento médico de una crisis psoriásica, los mecanismos etiopatogénicos del ulcus gastroduodenal, o el diagnóstico diferencial anatomopatológico entre la colitis ulcerosa y la enfermedad de Crohn. Con respecto a esta última, años después me enteré que los gastroenterólogos consideraban a esas dos enfermedades como en realidad una misma entidad. Esas supuestas diferencias que aquellos profesores “… no podían consentir” que no supiéramos habían quedado desterradas. Afortunadamente en mis circuitos neuronales, aquellas diferencias habían durado algunas horas después del examen.

Porque eso es lo que ocurre cuando la evaluación o valoración se hace con un mero examen. Lo que un estudiante ha aprendido se borra rápidamente de su memoria. Algunos incluso tienen una frase para ello: “Materia examinada, materia olvidada”.

La evaluación continua, ya sea con preguntas, actividades, etc, contribuye mejor a que el estudiante adquiera lo que el profesor se propone: conocimientos, habilidades, destrezas, etc. Si un profesor confía en que los resultados de una única prueba le van a demostrar si un estudiante conoce la materia, puede equivocarse en gran medida.

Sin embargo, existe la opinión, muy extendida entre los profesores universitarios, de que la evaluación continua es una forma “infantil” de evaluación, y que para evaluar a los estudiantes hay que ponerlos en la situación de que demuestren en una única oportunidad su aprendizaje.

Si acudimos a un símil deportivo, eso sería como determinar quién es el campeón de la liga jugando un único partido, o el campeón de la vuelta ciclista solamente por el resultado de una etapa.

3. La prueba MIR

Aún en el caso de que solamente tomemos como referencia los resultados de una única prueba, a los estudiantes se les debe entrenar en cómo enfrentarse a ella. Y además se le debe dar feedback. Como en el MIR.

La prueba MIR es la oposición que deben superar los médicos aspirantes a una plaza en formación de especialista. Al contrario de lo que se piensa, su objetivo no pedagógico, no pretende determinar los conocimientos de los aspirantes, solamente a clasificarlos, a ordenarlos, para facilitar la elección de la especialidad y de la plaza. Pero los médicos que se preparan la prueba MIR dedican una parte importante de su preparación a comprobar los resultados de los llamados “simulacros” o exámenes simulados. Cada una de esos simulacros le proporciona una información muy útil para determinar si ha conseguido un buen rendimiento o si tiene que volver a estudiar esos contenidos.

El modelo MIR es un buen ejemplo para ilustrar los beneficios de que “sondeemos” el aprendizaje de nuestros estudiantes. Aunque solamente sea para medir su capacidad de memorización, es conveniente que los profesores incorporemos este tipo de pruebas.

Dentro de unas pocas semanas se celebrará la prueba MIR, y como todos los años se volverá a abrir el debate sobre lo mal o bien que preparamos las facultades a nuestros estudiantes para enfrentarse a ese examen. Y entonces es posible que escriba alguna reflexión. Pero mientras tanto, este período de exámenes me deja un precioso tiempo para leer, escribir y especialmente, pensar.

Y espero que mis estudiantes no sufran demasiado con los exámenes “de toda la vida”.